Desde hace ya varios años, las preferencias de los consumidores españoles y europeos en general tienden a orientarse hacia productos más sanos, nutritivos, sabrosos y que además sean producidos con métodos más respetuosos con el medio ambiente. El hilo conductor de esta evolución es la calidad, un imperativo fundamental y un concepto complejo, que aúna un conjunto de requisitos y características propias, así como una serie de valores objetivos y subjetivos
que le confieren un valor en sí. El consumidor, en este sentido, exige cada vez más que los alimentos que adquiere sean seguros, saludables y de calidad.
En la Unión Europea se fomenta el respeto a las diversas culturas y variedad de gastronomías existentes en su territorio, lo que proporciona, en este ámbito,
una importante riqueza y una gran variedad de productos disponibles en el mercado. En este contexto cada vez más competitivo, la diferenciación principal
y el valor añadido para el consumidor se consigue en términos de calidad, lo que favorece la posibilidad de que aparezcan usurpaciones e imitaciones cuando un producto adquiere cierta reputación. Esta competencia desleal no sólo desalienta a los productores sino que también engaña a los consumidores.
Distintivos de calidad En línea con lo anteriormente expuesto y con el fin de promover y proteger los productos agrícolas y alimenticios, respetando
plenamente el derecho que tienen los ciudadanos a elegir con conocimiento de causa, en 1992 la Unión Europea creó unos sistemas de valoración y protección para algunos productos que presentan un valor añadido en el plano socioeconómico, al producirse en una región dada, o con arreglo a un método determinado. Estos sistemas corresponden a: Denominación de Origen Protegida (DOP)
La DOP designa el nombre de un producto cuya producción, transformación y elaboración deben realizarse en una zona geográfica determinada, con unos conocimientos específicos reconocidos y comprobados. Un producto que lleve el logotipo DOP habrá demostrado tener unas características que sólo son posibles gracias al entorno natural y a las habilidades de los productores de la región con la que está asociado.
Indicación Geográfica Protegida (IGP)
La IGP designa el nombre de un producto en el que el vínculo con el medio geográfico sigue presente en al menos una de las etapas de producción, transformación o elaboración, llevando este logotipo siempre que reúnan unas determinadas condiciones de calidad.
Especialidad Tradicional Garantizada (ETG)
La ETG no hace referencia al origen, sino que tiene por objeto destacar una composición tradicional del producto o un modo de producción tradicional. Es decir, está destinado a productos que tienen unas características distintivas de otros productos similares pertenecientes a la misma categoría porque, o bien están compuestos por materias primas o ingredientes tradicionales, o bien se han elaborado siguiendo métodos tradicionales.
Además de los tres distintivos de calidad mencionados, la UE señala un cuarto logotipo referido a la agricultura ecológica, que indica que el producto
alimenticio ha sido producido siguiendo métodos ecológicos aprobados, que respetan el medio ambiente y cumplen las estrictas exigencias de la producción ganadera, es decir, que se ha prestado especial atención al medio ambiente y al bienestar de los animales.
Estos sellos de calidad tienen una función muy destacada en la dinamización del medio rural, ya que mediante el prestigio y reconocimiento que lleva implícita la concesión de cualquiera de estas figuras de calidad, el consumidor puede reconocer la calidad específica del producto amparado, en la seguridad de que han sido sometidos a un riguroso control.
Control de la producción Los productos agroalimentarios amparados por un sello de calidad deben cumplir con los requisitos establecidos en un exigente pliego de condiciones que regula las etapas de la producción y transformación y garantiza no sólo el origen del producto, principal característica diferenciadora, sino también su trazabilidad.
La actividad agropecuaria está sometida en las últimas décadas a obstáculos que merman su productividad, como el despoblamiento del campo y la escasez de mano de obra, que a veces no sé ve recompensada por la aplicación de las nuevas tecnologías de producción. En el mercado actual, donde el nivel de saturación de la oferta es muy elevado, sobre todo por la entrada de productos de países fuera de la Unión Europea (UE), el empleo de elementos tales como el desarrollo de zonas rurales o el fomento del uso de recursos genéticos autóctonos, que mejoren el reconocimiento y la diferenciación de un producto a través de su cadena de valor desde el productor hasta el exportador, es una de las bazas para ganarse su espacio entre la competencia.
Extremadura es una región eminentemente agrícola y ganadera. Sus producciones amparadas por figuras de calidad como el pimentón, los quesos y aceites, las carnes de vacuno y ovino, entre otros, y por supuesto el jamón ibérico, son un referente de calidad a nivel mundial. Obviamente el reconocimiento y protección que otorgan estas figuras de calidad suponen un impulso para su comercio internacional y a largo plazo, una garantía de supervivencia de los productos amparados, y con ello, del saber tradicional en unas producciones y transformaciones singulares y claramente ligadas al medio natural.
Desde hace ya varios años, las preferencias de los consumidores españoles y europeos en general tienden a orientarse hacia productos más sanos, nutritivos, sabrosos y que además sean producidos con métodos más respetuosos con el medio ambiente. El hilo conductor de esta evolución es la calidad, un imperativo fundamental y un concepto complejo, que aúna un conjunto de requisitos y características propias, así como una serie de valores objetivos y subjetivos que le confieren un valor en sí. El consumidor, en este sentido, exige cada vez más que los alimentos que adquiere sean seguros, saludables y de calidad.
En la Unión Europea se fomenta el respeto a las diversas culturas y variedad de gastronomías existentes en su territorio, lo que proporciona, en este ámbito, una importante riqueza y una gran variedad de productos disponibles en el mercado. En este contexto cada vez más competitivo, la diferenciación principal y el valor añadido para el consumidor se consigue en términos de calidad, lo que favorece la posibilidad de que aparezcan usurpaciones e imitaciones cuando un producto adquiere cierta reputación. Esta competencia desleal no sólo desalienta a los productores sino que también engaña a los consumidores.